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jueves, 8 de enero de 2009

La huida de las musas

Me regaña Nacho, y con razón, porque tengo desactualizado el blog.
Pero no es abandono, qué va. Si muchos días entro, selecciono la pestaña de creación de entradas, me coloco bien delante del teclado: espalda recta, mirada fija en la pantalla, dedos en sus puestos de salida y.... nada, que la inspiración me evade una y otra vez. Diez yemas acarician las teclas, las rozan y rozan y rozan ... (así se me borran las letras) pero son incapaces de presionar. Y lo mismo que los caracteres van desapareciendo de los cuadraditos de plástico, se van diluyendo en mi mente.
Podría escribir palabras, sí, pero como en un ejercicio de mecanografía, no sería más que una sucesión de vocablos sin relación entre sí, sin sentido, nada que ver con contar una historia, un sentimiento, una sensación. Sería como un manual de idiomas, lleno de frases huecas, huérfanas e inconexas. Sin corazón.
Mis musas han huido, no sé si a parajes más cálidos (aunque a mí nunca me ha molestado el frío), si a tierras lejanas, si a escondites perdidos... el caso es que me han dejado muda, desmadejada, sin fuerzas para presionar las teclas y rellenar ese lienzo blanco que tengo en la pantalla.
Pero sé que regresarán, por eso aunque me preocupa su silencio, no me angustia. Sé que volveré a actualizar este blog y a escribir muchas más cosas.
Sólo espero que Nacho y los lectores tengan un poquito de paciencia.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Tan poco, tan lejos...


Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.
Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
o sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos
de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.

Mario Benedetti

Aunque no es éste precisamente un momento de excesiva tristeza en mi vida... sí tengo cierto poso que se explica al reconocer toda la verdad de unos versos que tan bien nos muestran la distancia que nos separa de muchas personas. Cómo a pesar de miles de palabras, ni decimos, ni oímos, ni mostramos, ni vemos, todo lo que hay detrás del postigo. Y estamos tan lejos, y me conoces tan poco, y te conozco tan poco en el fondo y, lo que es peor... callamos y no nos atrevemos a asomarnos del todo para ver al que está en la otra orilla, tan cerca, tan lejos... Y eso deja un hueco en el alma.

lunes, 29 de octubre de 2007

Palabras perdidas

"Muchas veces las palabras que tendríamos que haber dicho no se presentan ante nuestro espíritu hasta que ya es demasiado tarde"

André Gide

¿Muchas?, muchísimas. He perdido la cuenta de las frases no pronunciadas, por no ser capaz, por no reaccionar, por no atreverme... y sobre todo por no encontrar las palabras adecuadas (también por eso tantas otras veces he dicho lo que no debía, lo que no sentía).
Es curioso que una persona que adore tanto las letras, que viva de jugar con el lenguaje, que dedique tanto tiempo a beber de los libros, sea en ocasiones tan incapaz de hallar y pronunciar los vocablos correctos.
Aunque sepa que las palabras son como perlas cultivadas, perfectas, que se combinan al engarzarse para formar el collar del pensamiento. A veces mis ojos se quedan ciegos y no encuentran la siguiente perla, o mis manos torpes las dejan caer...
Esa distancia que separa la razón del corazón, me congela a veces el sentido del habla, me deja muda, paralizada, desmemoriada o confundida. Balbuceo, confundo los vocablos que el alma me apunta, me callo, me equivoco... y sólo cuando pasan las horas o los días, vienen a mi mente, a mi garganta, las palabras perfectas. Repica el eco de esas palabras no usadas al caer en el suelo desierto de mi cabeza aturdida.
Y repaso mil y una vez lo que debería haber dicho, mi cabeza resuena con los vocablos no pronunciados, grito en silencio o, como mucho, cojo una pluma para trasladar al papel lo que mi boca no supo pronunciar.
Sólo que, muchas veces, es demasiado tarde y únicamente queda la opción de esforzarse por dominarse a una misma para la próxima vez ser capaz de decir lo que una tiene que decir cuando debe hacerlo.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Límites

Creo que no sé poner límites a muchas cosas. Me apasiono demasiado... con la vida, con los libros, con la gente, con una película, con una ciudad, con el trabajo, para bien o para mal. Disfruto como una niña en un fiesta o me hundo en la miseria, no sé acotar la pasión, las reacciones -positivas o negativas-, carcajadas y sollozos, alegría exultante y pesadumbre apocalíptica, terror paralizante e insensata osadía, calma profunda y frenética actividad... forman parte de mi vida cotidiana.

No sé construir muros de contención a mis acciones y emociones, quiero de forma incontenible a los míos, sufro hasta el infinito cuando me hieren o me fallan, me es difícil disimular el desagrado con los necios, los inútiles, los soberbios y quiénes tratan mal a los que me rodean o a mí misma.

¿Cómo saber hasta dónde hay que dar?. Si siempre creí que la autenticidad está en demostrar. Si me sale de dentro preocuparme por la gente que me importa, que me parece interesante... enviar un mensaje, recordarles lo bueno que pienso de ellos, estar pendiente de cómo están, susurrar una letanía calmante, dejar un detalle en su puerta, ofrecer un abrazo, buscar el regalo apropiado, llamar para interesarme, renunciar a lo que haga falta cuando necesiten un oído, un hombro, un cómplice para una carcajada o simplemente un poco de compañía.
Ofrecer, dar, proponer, compartir, confiar, contar, escuchar, llevar, traer, escribir, dibujar... es mi forma de ser y estar con quiénes me aportan y, sí, puede agotar el esfuerzo, puede doler una ausencia de respuesta, o el peso de tener que ser quien esté siempre tirando, empujando o mostrándose... pero... ¿no es mejor extenuarse que marchitarse?. ¿A quién prefiero, al sillón gastado, rozado y deformado por el excesivo uso, o a la silla desvaída, ajada y pasada sin estrenar?

Qué complicado es saber cuándo cortar la preocupación, los detalles, los esfuerzos por los amigos, la familia, los compañeros. ¿Con qué instrumento medir y calcular hasta qué cota se puede dar, a partir de qué punto estamos molestando, presionando, interfiriendo o haciendo daño -a otros o a nosotros-?. ¿Qué brújula nos señala dónde se encuentra la frontera de lo que se puede ofrecer? ¿Con qué nivel hallar el equilibrio?. ¿En qué momento la dádiva se asemeja a la petición?.

Por no hablar de que también me resulta difícil recortar los textos y las palabras. Sin límites al escribir ni al hablar (una "coleta" que me soporta varias horas al día asentiría con frenesí y puede que me pase un día una factura de aspirinas, sin límite claro). ¿Seré una mujer de excesos, tal vez?

El caso es que tengo que aprender a ponerme límites, lo que no sé es cómo, ni siquiera acabo de entender del todo qué mal hay en ser y mostrarse sinceramente, tal y como se siente en cada momento, en cada situación. Y como aún no sé poner límites, pienso todavía que la contención es... tan insípida... y ¿un poco falsa?.

miércoles, 20 de junio de 2007

Fondo

Esta semana he tocado fondo. Una vez más, sí... pero creo que más fondo que nunca. Empieza una nueva travesía del desierto, más dura, siempre es más dura porque las fuerzas han ido mermando a lo largo de los años. Después de mucho resistirme, de intentar salir del pozo yo sola, he tenido que rendirme y pedir ayuda.

En mi penúltimo hundi
miento, en febrero, sucumbí y llamé a Txus para reconocer que estaba al límite, que necesitaba esa ayuda. Intenté una vez más intentarlo yo sola, pero está claro que ya no soy capaz. Así que el lunes probaré la nueva fórmula.

Quiero borrar las lágrimas constantes, los miedos, la ansiedad, los nervios, la pérdida de control -detesto tanto perder el control-
, Necesito recuperar las riendas de mi vida. Intentar de nuevo hacer amigos, disfrutar del trabajo, de la gente, de los paseos. Estar en paz conmigo misma.

¿Ocaso de una etapa? ¿Nuevo amanecer?. Tiempo de tormentas y una nueva oportunidad, aunque cara, muy cara. En este último camino he perdido otro amigo. Y es de los que más han dolido. Han sido muchas horas de charlas, de intentos de enseñarme a enfrentarme a algunas fantasmas, de enfados, de risas, de largas conversaciones al teléfono, de intercambio de mails y mensajes en el msn, de detalles preciosos, de sentirme bien... Intentó hacerme ver que no podía seguir así, pero he logrado superarle. Y el precio es la distancia... una distancia que siento como un gran vacío. Otra oportunidad perdida. Con lo que me había costado volver a confiar, volver a encariñarme, volver a abrirme con alguien... y he conseguido desperdiciarlo una vez más. ¿Podré la próxima vez conservar a la gente que merece la pena?

domingo, 10 de junio de 2007

Más, más, más

Más, más, más... Corre, esfuérzate, apura. No puedes huir de tu obligación. De ser siempre más, de obtener más:

Notas más altas, más esfuerzo, más trabajo... más resultados, más rapido, más efectivos. Más ventas, más alabanzas, más objetivos. Más títulos, más conocimientos, más juicio.

Ser más amable, más simpática, más cariñosa, más comprensiva, más dulce, más equilibrada. Más alta, más delgada, más morena, más guapa. Más tranquila, más eficiente, más humana, más luchadora, más humilde, más positiva, más... mejor, muchíisimo mejor.

Más, más, más... más espejos en los que reflejarte, más objetivos a los que apuntar, más modelos a imitar, más logros a perseguir.

Para ser como quiere tu madre, tu hermano, tu jefe, tu amigo, tu prima, tu amiga, él, tu abuela, tu compañera, tu vecino, tu amante, tu peluquero, tu profesor, ellos, tú, yo...

Presión, presión, más presión. Rápido, rápido, más rápido. Se te acaba el tiempo. La cuesta se empina, la carga crece y se convierte en toneladas. El piso es cada vez más resbaladizo. Y cuanto más avanzas, más peligro corres de perder el paso, de tropezar, de caerte, de precipitarte por la pendiente. Y dudas, y pierdes fuelle, y no sabes si dejar algún fardo atrás, o recoger los nuevos "más" que jalonan el camino. Te ahogas, te asustas, no puedes más, dudas, quieres pararte, pero sabes que no puedes, que tienes que dar más, que ser más. La responsbilidad es ya un mundo en tu cabeza, sobre tus hombros, te va aplastando, eres ya diminuta, una miniatura que trastabillea pero tiene que seguir escalando, buscando más.

Me piden más, me exijo más... si no llego a más no conseguiré lo que ansío... no mereceré, no me acercaré a lo que quiero, a los que quiero.

Más, más, más... estoy agotada, no sé si por el esfuerzo en sí o por esta =a veces auto-impuesta, a veces obligada= presión. ¿Y qué pasa si no llego a más? Si un día me paro y me quedo dónde estoy. ¿Si soy como soy y no puedo o no quiero ser más?. ¿Me aceptarás como soy? ¿Me querrás como soy?